A pocas semanas de las Elecciones Regionales del próximo 4 de octubre, los ciudadanos de la Ciudad Imperial encaran el desafío de descifrar promesas y evaluar candidatos en un escenario fragmentado, donde el futuro de más de 450 mil electores provinciales pende del hilo de la gestión pública.
La cuenta regresiva ha comenzado. El Jurado Nacional de Elecciones (JNE) y la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) ya han puesto en marcha la maquinaria logística para la jornada electoral. En Cusco, las cartas sobre la mesa nos muestran un abanico político diverso: desde figuras de trascendencia nacional como Verónika Mendoza (Alianza Electoral Venceremos), el congresista Luis Ángel Aragón (Acción Popular), hasta rostros conocidos del empresariado y el entorno técnico regional como Edy Cuéllar (Progresemos) e Iván Aparicio (PRIM). La oferta electoral es variada, pero el verdadero dilema del electorado cusqueño no pasa por las etiquetas de izquierda, centro o derecha, sino por la solvencia ética y la viabilidad técnica de los planes presentados.
En los recientes debates organizados en la región, la ciudadanía ha podido presenciar cómo las duplas confrontan ideas. No obstante, el peligro de la campaña radica, como es costumbre, en la retórica vacía. El Cusco arrastra brechas históricas en infraestructura hospitalaria, un déficit hídrico persistente que amenaza la agricultura y el consumo urbano, y una ineficiencia endémica en la ejecución del gasto que frena el potencial de nuestro canon regional. Aquellos postulantes que insistan en ofrecer megaobras irrealizables sin antes explicar detalladamente cómo destrabarán los nudos burocráticos y la corrupción institucional, simplemente le están faltando el respeto a la inteligencia del votante.
Es de vital importancia que el electorado preste atención a las alertas legales o éticas que diversos colectivos y la prensa independiente han puesto de manifiesto como «red flags» en varias planchas. Elegir a una autoridad cuestionada o carente de un equipo técnico sólido es firmar un cheque en blanco hacia otros cuatro años de parálisis y frustración. La apatía o el voto de castigo desinformado ya nos han costado caro en el pasado.
Este 4 de octubre, el Cusco se juega más que el color de una bandera política; se juega la posibilidad de recuperar el principio de autoridad, la transparencia en los contratos y una planificación urbana y rural digna de nuestra historia. Menos consignas de tribuna, menos ataques personales y más soluciones reales sobre el presupuesto, la seguridad y el desarrollo. Las urnas nos esperan, y la responsabilidad de no repetir los errores del pasado recae únicamente en nosotros.






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